La escala de Bortle: cómo de oscuro es tu cielo en realidad
«En mi pueblo las estrellas se ven de maravilla.» Lo dice cualquiera con casa fuera de la ciudad, y casi todos sobrevaloran su cielo. Para poner orden, en 2001 John Bortle, observador de cometas con décadas de noches a la espalda, publicó en Sky & Telescope una escala de nueve clases: de la 1 de un lugar remoto, un cielo que la mayoría de la gente no ha visto en su vida, a la 9 del centro de una ciudad. La idea era práctica: dar a los observadores un lenguaje común para comparar sus sitios. Veinticinco años después sigue siendo el estándar con el que los aficionados se cuentan sus cielos, y para quien fotografía con el móvil es el primer dato que conviene saber: la clase en la que vivís decide qué tiene sentido intentar desde el balcón y qué merece un viaje.
Nueve clases, tres mundos
La escala se lee mejor por bloques. Las clases 1 a 3 son la oscuridad de verdad: desiertos, alta montaña, campo profundo. En clase 1 la luz zodiacal cruza el cielo tras la puesta de sol y la Vía Láctea de verano brilla lo bastante como para proyectar sombras en el suelo; a simple vista se supera la magnitud 7,5. En clase 3 algunas cúpulas de luz asoman bajas en el horizonte, pero sobre la cabeza la Vía Láctea conserva su estructura, sus nubes de estrellas y sus bandas oscuras de polvo.
Las clases 4 a 6 son las afueras y la provincia. El cénit aguanta, el horizonte no. La 4 es el campo que linda con los pueblos, con una Vía Láctea todavía digna en lo alto. La 5 es el cielo típico de quien vive a media hora de una ciudad mediana: la Vía Láctea se intuye en el cénit las mejores noches y se desvanece al bajar. La 6 la borra casi por completo.
Las clases 7 a 9 son la ciudad. En clase 7 el fondo del cielo es grisáceo mires donde mires. La 8 es la ciudad propiamente dicha, la 9 su centro, donde sobreviven la Luna, los planetas y unas decenas de estrellas: de la magnitud 7,5 de un lugar remoto se cae a duras penas a la 4. Es el cielo bajo el que vive buena parte de los lectores, y no es casualidad: según el atlas mundial de la contaminación lumínica, cerca de un tercio de la humanidad no puede ver la Vía Láctea desde casa. Entre los europeos, seis de cada diez.
Reconocer vuestra clase a simple vista
Hacen falta una noche despejada, nada de Luna y tres comprobaciones. Ningún instrumento.
La primera es la Vía Láctea. Nítida de horizonte a horizonte, con detalles: clase 3 o mejor. Visible pero lavada, solo en lo alto: zona de 4 o 5. Una palidez dudosa en el cénit os coloca en clase 6. Ni rastro, ni siquiera en una noche limpia de agosto: de 7 en adelante.
La segunda es M31, la galaxia de Andrómeda, a dos millones y medio de años luz. Si la encontráis a simple vista sin esfuerzo, una mancha alargada no lejos del Cuadrado de Pegaso, vuestro cielo es de clase 5 o más oscuro. Si solo aparece de refilón, mirando ligeramente a un lado, estáis en 6 o 7. En plena ciudad no hay manera.
La tercera comprobación es el horizonte. Contad las cúpulas de luz ámbar sobre pueblos y ciudades: lo que suben cuenta lo cerca y lo grandes que son. Y queda la contraprueba de las nubes, que no falla: bajo un cielo oscuro pasan como siluetas negras; sobre la ciudad brillan, iluminadas desde abajo.
Qué cambia con el móvil, franja a franja
El live stacking (es el oficio de AstroStackerPro) suma decenas de exposiciones cortas, y cada clase de oscuridad ganada cambia lo que emerge de la suma.
En clase 8 la partida no está perdida. A la Luna la contaminación lumínica le trae sin cuidado, y fotografiarla con el móvil desde un balcón urbano da satisfacciones inmediatas. Los planetas, también. Los cúmulos brillantes como las Pléyades o el Pesebre salen tras unos minutos de stacking, y en invierno el corazón de la nebulosa de Orión atraviesa incluso el fondo de cielo urbano. Los grandes ausentes son las nebulosas débiles y los campos amplios: el resplandor anaranjado los ahoga.
En clase 5 el campo se abre. La nebulosa de Orión muestra color y extensión, los cúmulos se cuentan por decenas, alargar la integración empieza a rentar. Las noches secas, la Vía Láctea en el cénit deja huella en las tomas apiladas antes incluso de que el ojo la atrape: el sensor, en esto, es más paciente que vosotros.
En clase 3 el deporte es otro. La Vía Láctea cruza la pantalla con sus nubes de estrellas, los campos amplios se convierten en el plato fuerte y el límite vuelve a ser la técnica: los ajustes están en nuestra guía de la Vía Láctea con el móvil. Si tenéis que elegir entre otro accesorio más y un depósito de gasolina hacia un cielo de clase 3, elegid la gasolina. Dos clases ganadas valen más que cualquier objetivo.
Dónde vive la oscuridad
La primera herramienta es un mapa de contaminación lumínica basado en datos de satélite: hay varios en línea, gratuitos, y muestran de un vistazo las islas de oscuridad alcanzables en una o dos horas de coche. Luego están los lugares que protegen la noche por estatuto: parques nacionales, reservas certificadas de cielo oscuro, altiplanos lejos de las costas iluminadas. La montaña ayuda dos veces, porque aleja de las luces y levanta por encima de las brumas que las esparcen.
Hay además un truco que no cuesta kilómetros: la dirección. Desde el mismo punto, el cielo del lado opuesto a una ciudad puede ser dos clases mejor que el que la corona. Elegid el sitio en función del objetivo: si el centro de la Vía Láctea de verano queda al sur, es el horizonte sur el que debe estar limpio, y la ciudad conviene dejarla a la espalda. Última variable, la Luna: llena, devora la oscuridad mejor que cualquier farola y convierte una clase 3 en una noche mediocre de extrarradio. Un vistazo al calendario lunar antes de echar gasolina.
La oscuridad también se espera
Una vez en el sitio, resistid la tentación de fotografiar enseguida. El ojo tarda veinte o treinta minutos en adaptarse: la pupila se abre deprisa, pero el grueso lo hace la química de la retina, con calma. Es el pequeño espectáculo privado de cada salida. Al principio el cielo parece escaso, luego las estrellas van saliendo a flote por grupos, como desde un fondo marino, hasta que el ojo distingue el polvillo entre las constelaciones y la oscuridad deja de parecer vacía. Un vistazo a una pantalla a plena luminosidad lo borra todo y reinicia la cuenta. Pantalla al mínimo, pues, y una luz roja para trastear con trípode y mochila: los bastones de la retina la toleran mucho mejor que la luz blanca.
Las cosas claras
El stacking en ciudad funciona, y la lista de presas urbanas (Luna, planetas, cúmulos, el corazón de alguna nebulosa brillante) llena bastantes noches. Pero la Vía Láctea no es una presa urbana: exige una clase 4 como mínimo innegociable, mejor una 3, y ningún algoritmo la sacará limpia de un fondo de cielo color ámbar. Conocer vuestra clase de Bortle sirve exactamente para esto: para saber cuándo el problema es la técnica y cuándo, sencillamente, es el lugar.
Transparencia: Este artículo fue escrito por la redacción automática de SIGNUM (Claude). Está escrito en el manifiesto, no es un secreto.